Introducción

Si como en el árbol no hay dos hojas completamente iguales, tampoco se encuentran dos hombres que tengan idéntico destino; de suerte que si todos escribiesen su vida resultarían tantas biografías distintas como individuos biografiados, intrincados son los caminos que se tocan y cruzan a través de la vida humana, cual madeja enmarañada cuyos hilos se hallan enredados sin orden ni concierto. Mas la fe lanza en medio de las tinieblas sus luminosos rayos, para demostrar que todas esas laberínticas sendas tienen asignados sabios fines y, desde un principio, van a parar al término que los señalara el Creador omnisciente.

Introducción. Método de Hidroterapia

Si desde el elevado observatorio de la vejez dirijo una mirada retrospectiva sobre los años trascurridos de mi vida, observo que las enmarañadas sendas por que he pasado serpentean, a veces, al borde del abismo para desembocar, por modo inesperado, en el seguro puerto de la vocación a que Dios me había llamado; de manera que no tengo sino poderosos motivos para alabar los altos designios de la Providencia que, en medio de aquellos tortuos caminos que parecían conducir a la muerte, ha hecho brotar una fuente que ha dado la vida a innumerables personas.

Más de 21 años contaba yo cuando abandoné la casa paterna. En la libreta de obrero, que llevaba en el bolsillo, figuraba como tejedor de oficio, y sin embargo, desde la niñez tenía grabados en el corazón otros designios y muy diferentes aspiraciones. Con ansiedad irresistible había esperado, por muchos años, aquel día que me abría las puertas para legar a la realización de mis ensueños: las órdenes sacerdotales. Impulsado por este ideal, en lugar de ir a continuar el aprendizaje de mi oficio, fui de pueblo en pueblo, en busca de un corazón benéfico que se dignase costearme los estudios.

Por fin hallé el deseado Mecenas en el bondadoso capellán de Gronenbach, D. Matías Merkle, elevado posteriormente a la dignidad de prelado (1881), quien me díó lecciones con tal ahinco y tan feliz resultado, que, al cabo de dos años, me encontraba apto para ser admitido en el gimnasio. No obstante habíame impuesto una tarea harto penosa, al parecer superior a mis fuerzas. Cinco años de horribles privaciones y grandes esfuerzos habían quebrantado mi salud y minado hondamente mis fuerzas, lo mismo intelectuales que corporales. Un día se presento mi padre, para llevarme consigo, y aún suenan en mis oídos las fatídicas palabras que le dijo el posadero en cuya casa nos alojamos: "esta es la última vez que venís a buscar al estudiante". De la misma opinión eran otras muchas personas que me conocían.

Vivía a la sazón en la ciudad un médico militar, que gozaba de merecida fama, tanto por su ciencia como por sus caritativos sentimientos. Durante el penúltimo año de mis estudios gimnasiales, me hizo 90 visitas y más de 100 en el último. Tal era el deseo ardiente que tenía de devolverme la salud; pero la traidora dolencia se burlaba de sus profundos conocimientos en el arte de curar, haciendo estériles sus caritativos servicios. Yo mismo había perdido toda esperanza y veía acercarse, con resignación, mi hora postrera.

Por vía de distracción, solía entretenerme en hojear algún libro. La casualidad, sí se me permite esta palabra que nada significa, puesto que la casualidad es un mito, puso en mis manos un librito, al parecer de ninguna importancia; era un tratadito de hidroterapia. Lo abrí por diferentes puntos y hallé en él cosas increíbles y para mi nuevas. Una idea laminosa cruzó por mi mente. Seguí hojeándola y dije pata mí: has encontrado lo que te hace falta En efecto, mi situación estaba allí pintada hasta en los detalles mas insignificantes. Experimenté una alegría indescriptible. La esperanza comunicó nueva vida a mi marchito cuerpo y reanimó mi abatido espíritu. Aquella frágil pajuela fue, muy luego, tabla de salvación a la que me agarré como el náufrago en medio del Océano; hoy la considero como bote salvavidas que la divina misericordia me envió en la hora del peligro.

El autor del librito, que versa «Sobre la virtud medicinal del agua fresca», es un médico, pero sus prescripciones pecan, en general, de severas y rígidas. Empecé una serie de experimentos que duraron medio año; y aunque no sentí mejoría tampoco observé daño alguno. Esto me hizo cobrar ánimo. Llegó el invierno de 1840; encontrábame a la sazón en Dillingen. Dos ó tres veces por semana me bañaba, breves instantes, en un sitio apartado del Danubio. Después del baño corría presuroso a buscar la reacción en mi aposento bien caldeado. Pero, a mi juicio, el mal continuaba siendo indiferente, ya que no rebelde al nuevo tratamiento.

En 1850 me trasladé al "Georgianum" de Munich. Allí tuve ocasión de conocer a un pobre estudiante que se encontraba en peor situación que yo. El médico del establecimiento se negaba a expedirle el certificado de higiene, que le era necesario para recibir las órdenes sagradas, alegando que no viviría mucho tiempo. Desde entonces le cobré especial cariño; iniciéle en los misterios de mi librito y ambos empezamos las pruebas con igual entusiasmo.

Poco tiempo después obtenía mi amigo la certificación solicitada completamente curado de su dolencia. Al mismo tiempo empezaba yo a cobrar fuerzas y recibí también las sagradas órdenes, sin que en el espacio de 38 años, haya vuelto a sentir los efectos de la terrible dolencia, hoy tengo más de 70 primaveras y todos admiran el vigor de mi naturaleza. El agua ha sido para mi un amigo fiel y constante; a nadie debe, pues, causar maravilla que la conserve sincero cariño.

El que se ha encontrado en la necesidad y la miseria, ese sabe apreciar la indigencia y la miseria del prójimo.

No todos los enfermos son igualmente desgraciados; el que se halla en posesión de los medios y recursos para procurarse la salud, se resigna fácilmente a sufrir un corto tiempo. En los primeros años rechacé yo a centenares y millares de esta clase de enfermos. Los pacientes que, ante todo, han menester nuestra conmiseración son aquellos que, hallándose necesitados carecen de asistencia facultativa y de medicamentos ó han sido desahuciados por los médicos. En el número de mis amigos hay muchos de estos infelices, ya que he tenido por punto no rechazar jamás a estos desgraciados enfermos, desheredados de la fortuna, que en ninguna parte encuentran auxilio. En realidad de verdad, pareceríame duro, impío y contrario a los principios de la gratitud y de la gratitud cristiana cerrar las puertas a estos infelices y negarles los auxilios que me han proporcionado a mí la salud y la vida.

El gran número de enfermos y la extraordinaria diversidad de sus dolencias, me estimularon mas y mas a ensanchar el círculo de las aplicaciones hidroterápicas y a perfeccionar el sistema que en ellas tiene su base y fundamento.

Como es natural, conservo grato recuerdo del librito que me suministró las primeras lecciones de hidroterapia. Mas, pronto me convencí de que muchas de sus prescripciones eran extremadamente duras y harto repulsivas para la frágil naturaleza humana. «Curas de caballos» solían llamar algunos a los procesos hidroterápicos, y aun hoy día muchos, que todo lo condenan, siquiera no se hayan tomado la molestia de examinar lo que es objeto de su acerba crítica, califican de chapucería, paparrucha etc. todo cuanto hace relación al expresado sistema curativo. Por lo demás, no dejo de reconocer que muchas prácticas y tratamientos de este método, que se encuentra aún en estado de gestación y desarrollo, eran antes mas propias de la naturaleza tosca y vigorosa de un caballo, que del cuerpo humano, con su fino cutis y sus delicados nervios.

En la vida del célebre P. Ravignan, de la Compañía de Jesús, leemos el siguiente curioso pasage. «A consecuencia del excesivo ejercicio de la voz, (el P. era un orador notabilísimo, que practicaba con celo infatigable su apostólico ministerio en París, Londres, y otras grandes poblaciones), se agravó su enfermedad de la garganta, convirtiéndose muy pronto en un mal crónico..... Toda la tráquea era una herida, la voz se fue debilitando en términos que aquel órgano parecía perdido». Pasó dos años enteros (de 1846 a 1848) en completa inacción y en un constante sufrimiento. Sometióse a diferentes tratamientos en diversos puntos y, por último se trasladó a los climas benignos del Mediodía: pero todo sin resultado.

En Junio de 1848 fijó el P. Ravignan su residencia al lado del Doctor K. R., en la casa de campo que este poseía en el Valle de B..... Una mañana, después de la misa, a la hora en que solían reunirse todos los moradores de la casa, les anunció el Doctor, con marcada expresión de tristeza, que el P. Ravignan se sentía peor y no podía acompañarles a tomar el desayuno. Dicho esto salió de la habitación y, volviendo al lado del enfermo, le dijo: «Levántese V. y sígame.» -«¿Pero a donde quiere V. llevarme?» respondió el Sacerdote. «Voy a arrojaros en el agua«¡En el agua» dijo el padre, «con la fiebre y la tos que tengo»! Pero no importa, me he entregado en sus manos y debo obedeceros.» El doctor se proponía darle un baño de inmersión; emplear un remedio violento pero efícaz, según observa su biógrafo.

El resultado fue tan satisfactorio como inmediato. A la comida del mediodía se presentó en el comedor el Doctor, en ademán de triunfo, con su enfermo perfectamente curado; de suerte que el mudo de la mañana contaba, por la tarde, la historia de su curación.

Sin embargo, esta sí que puede llamarse cura de caballo que, a pesar de1 excelente resultado que dio, no debe ser imitada.
Creo oportuno advertir que, lejos de aprobar todos los procedimientos seguidos en nuestros establecimientos hidroterápicos, rechazo, decididamente, algunos, ya porque los juzgo demasiado fuertes ó porque me parecen hijos de una parcialidad infundada. La mayor parte de las prácticas se ajustan a un solo modelo, sin que casi para nada se tenga en cuenta la diversa índole ó naturaleza de los pacientes, el estado de sus fuerzas, el mayor ó menor arraigo de la enfermedad y los estragos ó consecuencias que haya podido producir en el organismo etc. Precisamente en la diversa manera de hacer las mismas aplicaciones ó prácticas, con arreglo a las circunstancias especiales del paciente, es en lo que se manifiesta la habilidad del hidrópata.

Con frecuencia se me han presentado enfermos procedentes de diversos establecimientos de salud, quejándose amargamente de no poder aguantar los procesos terapéuticos, algunos de los cuales sólo sirven para destrozar el organismo. Es preciso poner a esto remedio. Presentóseme, en una ocasión, un hombre lamentándose de que había perdido la salud por lavarse temprano. Preguntéle en qué forma ejecutaba tan sencilla operación, a lo que me contestó, que tenía la cabeza un cuarto de hora debajo del caño de una fuente, que arrojaba el agua casi helada. Es un verdadero milagro que tamaña imprudencia no le costase más cara. Nos reimos y nos burlamos del que tan necia y locamente procede. Y sin embargo muchos, en quienes debe suponerse mas sano juicio y mas cautela en el empleo del agua, no han obrado con mayor cordura, y con sus necios procedimientos, han alejado al paciente del saludable elemento. Podría citar numerosos y contundentes ejemplos en prueba de mi aserto.

Debe, ante todo, evitarse el uso inmoderado ó demasiado frecuente del agua, asi como las impresiones excesivamente fuertes. De lo contrario, el remedio se convierte en factor dañino y la confianza del paciente se torna en terror y miedo.

Por espacio de 30 años he sondeado el terreno y he probado en mí mismo todas las aplicaciones. Con franqueza confieso que, por tres veces, me he visto obligado a modificar mi procedimiento hidroterápico, imprimiendo a las prácticas un carácter cada vez más benigno. Hoy, después de 17 años de experiencias hechas con arreglo a principios fijos y bien definidos, con excelentes resultados, he adquirido la convicción de que el sistema en cuestión produce mejores efectos cuando el agua se emplea bajo formas sencillas, fáciles é inofensivas.

En la primera parte del presente trabajo doy a conocer las formas bajo las cuales se puede usar el agua como factor medicinal ó terapéutico, en la tercera doy un resumen práctico de las diferentes enfermedades que pueden ser objeto del tratamiento hidroterápico y en la segunda, a la que precede una Introducción interesante, hago conocer algunos remedios caseros que, lo mismo que el agua, producen en el organismo alguno de estos tres efectos: disolver, segregar ó confortar.

Como es natural, si el enfermo es persona desconocida, deben hacerse las oportunas indagaciones previas, afín de no proceder de ligero y con daño. He aquí porqué tambien he tratado de responder en este librito, siquiera sea de una manera sucinta, a las siguientes cuestiones.

1ª. ¿Qué se entiende por enfermedad y cuál es el origen común de todas las enfermedades?

El cuerpo humano es una de las obras mas portentosas que han salido de las manos del divino Hacedor. El mas insignificante de sus miembros tiene su paralelo y todas sus partes forman un conjunto harmónico por demás maravilloso. No es menos admirable la íntima relación que existe entre todos sus órganos y las funciones que desempeñan. Los médicos y naturalistas mas incrédulos, aun aquellos que se complacen en afirmar que la lanceta y el bisturí no han sido capaces de descubrirles la existencia del alma, rinden tributo de admiración a este inimitable organismo. En el hombre todo, lo mismo lo visible que lo invisible ó espiritual concurre a «alabar el nombre del Señor.» Pero esta harmonía, este orden admirable que se llama salud sufre las más diversas alteraciones, los desarreglos más variados, que se designan con el nombre genérico de «enfermedad.» Padecimientos del espíritu, enfermedades del cuerpo constituyen el pan nuestro de cada día, que de grado ó por fuerza, tienen que tragar casi todos los hombres.

Todas estas enfermedades, sea cualquiera el nombre con que se designen, tienen, en mi sentir, su razón y fundamento, su raíz y su germen en la sangre, mejor dicho en las alteraciones de la sangre; bien sea porque se haya perturbado su circulación normal ó porque su composición haya sufrido algún desarreglo, por haberse introducido en ella elementos extraños, jugos corrompidos. Semejante a un sistema de riego perfectamente trazado, la red de nuestras venas cruza, con su fluido rojo todo el cuerpo, alimentando todos los órganos, hasta los mas pequeños, con el jugo que les corresponde a cada uno.

«Todo con peso y medida» es la base y fundamento del orden; cualquier demasía ó falta en la circulación de la sangre, cualquier mezcla de elementos extraños perturba la paz, destruye la harmonía y produce trastornos; la enfermedad impera donde antes reinaba la salud.

2.ª ¿De qué manera se verifica la curación?

Por las huellas impresas en la nieve sigue el cazador la pista de la caza que persigue. De la misma manera el médico inteligente descubre, sin gran esfuerzo, donde está la dolencia, cual ha sido su origen y los progresos que ha hecho. Por los síntomas conoce la enfermedad y esta le señala los medios con que ha de combatirla. El procedimiento, pensarán algunos, no puede ser más sencillo. En ocasiones lo es indudablemente, pero otras veces ofrece sus dificultades. Cuando se me presenta alguno con las orejas heladas no vacilo en afirmar que eso reconoce por causa el frio; si oigo gritar a uno que está sentado sobre una piedra de molino y me enseña, al mismo tiempo, un dedo magullado, no necesito preguntarle por la causa que motiva sus lamentos. Pero no es tan fácil averiguar el origen de los males de la cabeza, del estómago, de los nervios, del corazón y otros padecimientos que, no pocas veces, provienen de causas diversas y heterogéneas, y, hasta pueden tener origen en afecciones patológicas de otros órganos, que han ejercido dañina influencia en los mencionados. Una simple paja puede hacer parar la péndola de un reloj de colosales dimensiones; la cosa más insignificante puede producir graves alteraciones en el corazón. El arte está en saber descubrir esa pequeña cosa, lo que muchas veces exige largos y complicados reconocimientos, que no siempre excluyen fatales equivocaciones. Ejemplos de esto veremos en la tercera parte de nuestro trabajo.

Si golpeo, con el pie ó con un hacha, el tronco de un árbol poco corpulento, se conmueven todas sus ramas y sus hoja. Pero haría una deducción falsa si dijese; puesto que las hojas se mueven, preciso es que las haya tocado algún objeto. Nada de eso; el tronco es el que pone en movimiento las ramas y las hojas, que son partes integrantes del primero. Lo propio sucede con los nervios, que son las ramas del cuerpo. «Tiene un padecimiento de nervios; está atacado de los nervios.» ¿Qué queremos decir con esto? Que todo el organismo ha sufrido un golpe, se ha debilitado, por cuya razón se conmueven también los nervios.

Corta con la tijera un hilo de la tela de araña que vaya desde el centro a la periferia y, por mas cuidado que pongas, se descompone toda la red tejida con arte tan maravilloso, y los Cuadrados y triángulos, que parecían trazados con el compás, se tranforman en figuras irregulares, puestas sin orden ni concierto. No obstante, se acreditaria de necio el que, al ver ese desorden dijese que la araña ha olvidado su arte y que es la autora de las imperfecciones que en su tela ha observado. Vuélvase a su lugar el hilo cortado y quedará restablecida, en su primitiva perfección, toda la tela. Pero la dificultad, está en hallar ese hilo casi invisible; en eso estriba todo el arte. El que, sin la debida habilidad, la busque a tientas, acabará por destruir el tejido.

Que cada uno haga la oportuna aplicación de este símil, en tanto que yo doy, en pocas palabras, la respuesta definitiva a la pregunta anteriormente formulada: "la curación es sencilla, fácil y, se podría decir, exenta, de todo error, si se tiene en cuenta que toda enfermedad reconoce por causa las alteraciones de la sangre. En tal caso la misión del médico se reduce a una de estas dos cosas: ó a restablecer la circulación normal de la sangre que se había alterado, o a purificarla de las sustancias, jugos y elementos morbosos que se han introducido en ella, alterando también la justa proporcionalidad de sus elementos constitutivos.

Devuélvanse al organismo debilitado las fuerzas perdidas y no queda más que hacer.

3.ª ¿De qué manera obra el agua en la curación?

El agua borra la mancha de tinta que ha caido en la mano y limpia la ensangrentada herida. Cuando, tras la fatigosa tareas de un caluroso día de verano, te limpias el pegajoso sudor de la frente con agua fresca, parece que recobras nueva vida; el fluido cristalino refresca, vigoriza, y produce bienestar. No bien la madre percibe en la cabecita de su tierno hijo costras ó cualquier inmundicia, se apresura a lavarla con agua fresca ó templada, según los casos.
Tres son las principales cualidades del agua; disolver, lavar, y vigorizar; que por si solas autorizan asentar el siguiente principio:

El agua, en particular aplicada según nuestro sistema hidroterápico, sana todas las enfermedades no incurables; en razón a que las diferentes aplicaciones del agua tienden a desarraigar los gérmenes de la dolencia y son susceptibles de producir cualquiera de los efectos siguientes:

  • 1.º Disolver los gérmenes del mal que existen en la sangre.
  • 2.º Separar, eliminar las sustancias disueltas.
  • 3.° Restablecer la circulación normal de la sangre así purificada.
  • 4.° Vigorizar el organismo debilitado, devolviéndole la actividad perdida.

4.ª ¿De dónde proviene la gran sensibilidad de la generación actual, y su propensión extraordinaria a contraer toda clase de enfermedades, algunas de las cuales no se conocían antes ni de nombre?

No faltará quien juzgue de poca monta esta pregunta. Sin embargo, yo la atribuyo excepcional importancia y no titubeo en afirmar que los grandes males enunciados en ella emanan principalmente de la Falta de vigor. La afeminación es el carácter típico de la generación presente; las personas débiles y enfermizas, las anémicas y nerviosas, los enfermos del corazón y del estómago constituyen la regla; los sanos, robustos y vigorosos forman la excepción. Se sienten de un modo extraordinario los cambios de tiempo; el tránsito de una estación a otra lleva siempre consigo enfriamientos y catarros y hasta la salida inmediata de la habitación caldeada a la calle ó viceversa trae su correspondiente castigo.

Hace 50 ó 60 años no sucedía esto. ¿Adónde vamos a parar si, como observan los más sensatos, no se detiene la humanidad en su rápido descenso, y empieza a degenerar y a perder su vigor primero, antes de haber llegado a la mitad del camino en el desarrollo de sus fuerzas?

Ya es tiempo de pensar en esto seriamente.

Por mi parte, he tratado de contribuir al remedio de estos males dando a conocer, en el presente trabajo, varias prácticas siempre inofensivas e inocentes para el endurecimiento de la piel y de todo el cuerpo ó de algunas de sus partes; prácticas que si, en un principio, fueron aceptadas por muchos con manifiesta desconfianza, después las han adoptado innumerables personas con aplauso y buen resultado.

No ofrecen menos interés las cuestiones relativas a la alimentación, vestido y ventilación, de las que, tal vez, me ocuparé oportunamente. Bien sé que mis particulares opiniones, han de encontrar tenaz oposición; mas no por eso he de abandonar convicciones arraigadas en una larga experiencia. Lo que voy a exponer no son quimeras, hijas de una imaginación calenturienta, sino frutos que han madurado al calor de la reflexión, que si pueden parecer ásperos y duros a la gente preocupada, han de ser saboreados con placer por las personas de sano juicio.

Por ahora me limito a muy ligeras indicaciones respecto de los tres puntos indicados. Acerca de la alimentación el principio fundamental de que lo mas sano, mas nutritivo y de más fácil digestión, es la comida casera, consistente en manjares sencillos, sin el aditamento de especias excitantes, ni preparaciones artificiales; y por bebida la que Dios depara a todos en cristalinas fuentes; siempre que en todo impere la frugalidad y la templanza. Esto no quiere decir que yo sea puritano; no desapruebo que se tome un vaso de vino o de cerveza; pero no concedo a estas bebidas la importancia que, de ordinario, se les atribuye. Bajo el punto de vista medicinal, como reconstituyentes puede ser útil su empleo, pero en condiciones normales doy más importancia a las frutas.

Respecto del vestido me atengo al principio de los antiguos; no hay mejor traje que el que uno mismo se ha hilado y cosido. En primer término repruebo el desigual reparto que se hace del vestido, particularmente en invierno, con no pequeño detrimento de la salud; gorra de pelo para la cabeza, para el cuello corbata bien apretada a la que algunos añaden el tapabocas de lana; los hombros suelen cubrirse con tres o cuatro prendas, a las que se agrega el sobretodo, para salir a la calle, con su correspondiente cuello de pieles; únicamente quedan olvidados los pies que no reciben, de ordinario, mas abrigo en invierno que en la estación de los calores

¿Cuales son las inmediatas consecuencias de este imprudente reparto del vestido? Las tapidas ligaduras de la parte superior atraen, como una bomba el agua, la sangre y el calor a la región superior del microcosmos, en tanto que las inferiores permanecen frías y faltas de sangre; lo que da lugar a dolores de cabeza, congestiones, hinchazón de las venas de la cabeza y otros mil accidentes a cual más molestos y perniciosos. Asi mismo repruebo los vestidos de lana a raíz de la carne y recomiendo, en cambio, el uso del lino o cáñamo crudo, seco y sin ninguna preparación artificial. Este último tejido es, en todo caso, preferible para las prendas que están en contacto con la carne, porque la frotación constante que produce es altamente saludable. Los tejidos de lana, con su superficie grasienta y peluda, puestos en contacto con la piel, son a la vez que poderosos aspiradores del calor y de la savia, con causa del empobrecimiento de la sangre que aquejará nuestras anémicas generaciones. En el capitulo «Generalidades» de la 1.ª parte, damos a conocer el empleo de los tejidos de lana en los diferentes tratamientos hidroterápicos. Los modernísimos adelantos que se han hecho en la confección de telas de lana no atajarán seguramente los progresos de este mal. La nueva generación dará de ello testimonio si sobrevive al nuevo régimen.

Dos palabras acerca de la ventilación. Sobre todos los peces damos la preferencia a los que viven en aguas cristalinas, particularmente a las truchas que se cogen en los torrentes de la montaña: nos desagradan, por el contrario, los peces de los arroyos del valle y desechamos incondicionalmente los que provienen de pantanos y aguas estancadas, por su sabor desagradable. También hay aires pantanosos; el que los respira alimenta sus pulmones con hálitos pestilenciales. Según hace notar un médico afamado, el aire que entra por tercera vez en el aparato respiratorio obra como veneno. Si se comprendiese bien esto, todo el mundo trataría de tener en las habitaciones, particularmente en los dormitorios, aire puro, fresco y muy oxigenado, con lo que se ahorrarían molestias y no pocas enfermedades. La respiración contribuye muy particularmente a corromper el aire. Sabemos que un par de granitos de incienso, echados sobre las ascuas saturan de oloroso aroma toda una habitación, y que una veintena de chupadas de un cigarro o de una pipa bastan para comunicar a un gran espacio el olor a tabaco.

Por donde se ve, que la cosa más insignificante es, a veces, suficiente para alterar las condiciones normales del aire y comunicarle propiedades nocivas. Pues bien; la respiración produce un efecto semejante al del humo en los casos expresados. ¡Y cuantas aspiraciones hacemos en un minuto, en un dia o en una noche! ¡A qué grado llagará la corrupción del ambiente, por más que no veamos el vapor o el humo! Por consecuencia, si no se ventilan las habitaciones, es decir, si no se purifica la atmósfera viciada por la acumulación de ácido carbónico, tan nocivo para la salud, ¿cuantos miasmas penetrarán en los pulmones y qué estragos harán en ellos? La falta de aire puro, respirable, produce fatales consecuencias.

No es menos perjudicial y nocivo para la salud el calor excesivo, particularmente dentro de las habitaciones; pues también el calor inmoderado contribuye a viciar el aire y a hacerle impropio para la respiración y, por consiguiente, para la vida, en cuanto que consume y destruye el oxígeno, principal elemento de la vida humana. De 15 a 18 gr. C. de calor son suficientes, y en ningún caso conviene que pase de 19.

Cuídese, ante todo, de la ventilación de todas y cada una de las habitaciones de la casa, sin dejar un solo día de practicar operación tan necesaria para la salud, pero con prudencia y de tal modo que a todos produzca ventajas y a nadie ocasione molestias. Dedíquese especial cuidado a la ventilación de las camas.

Lo que dejo expuesto basta para que pueda formarse juicio del nuevo huésped que llama a nuestras puertas; no se me oculta que unos le dispensarán favorable acogida y otros le cerrarán la entrada. Preparado estoy para uno y otro recibimiento, y con cualquiera me doy por satisfecho.

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