Paños Empapados

Los paños empapados o "paños mojados" como se dice vulgarmente, se aplican bajo las siguientes formas:

I. Paño superior.

Se toma un paño de hilo burdo, de lona o de arpillera, se pliega en 3—4—6—8 — o 10 dobleces longitudinalmente, dándole el ancho y largo necesarios para que pueda cubrir el cuerpo, desde el cuello hasta el bajo vientre inclusive, y dejándole a manera de dos faldillas por los costados, para su mejor sujeción. El paño asi preparado se empapa en agua, se retuerce perfectamente y se coloca sobre el paciente que estará acostado boca arriba. Encima se pone una manta de lana o de hilo en dos o tres dobleces que cierre herméticamente, para impedir el paso del aire, y sobre esta el edredón o mantas de la. cama. Conviene, además, cubrir el cuello con un pañuelo do lana que impida el acceso del aire por la parte superior. La operación de tapar al enfermo debe practicarse con exquisito cuidado para evitar enfriamientos. En invierno puede emplearse agua caliente.

El paciente permanece en la posición descrita de 3/4 a 1 hora; y si se cree oportuno renovar la operación durante ese tiempo, por haberse calentado la envoltura, se volverá a humedecer el paño en igual forma, con agua fría, y se procederá como queda dicho.

Trascurrido el tiempo marcado se quitan los paños mojados, se viste el paciente y se le hace dar un pasco por la habitación, si no prefiere permanecer algún tiempo más en la cama.

IV. Paños en el bajo vientre.

Estando acostado el paciente, se toma un paño de hilo en 4 a 6 dobleces, se moja y se retuerce hasta que no gotee, se aplica al bajo vientre o sea desde el estómago para abajo, y se le cubre perfectamente con la manta de lana y la ropa de la cama. La duración puede variar de 3/4 de hora a 2 horas; pero en este último caso debe repetirse a la hora la mojadura, con las operaciones subsiguientes:

Estos paños prestan excelentes servicios en los dolores de estómago, en los espasmos o calambres, y para aminorar la sangre en la región torácica y del corazón.

Con frecuencia se empapa el paño en vinagre, en lugar de agua, empleándose también, según se dirá en la tercera parte, cocimientos de flores de heno, de paja de avena, cola de caballo (Equisetum hyemale L.) etc.

Para ahorrar el gasto de vinagre se puede empapar un paño de hilo en dos dobleces, en una mezcla de agua y vinagre, por mitad, aplicarla sobre la carne y sobre este paño se extiende otro en dos a cuatro dobleces, empapado en agua solamente. En lo demás se procede como queda dicho.

Este tratamiento sirve para expulsar los gases que se introducen en el estómago y en el bajo vientre.

Para someterse a él, lo mismo que a las prácticas similares, precisa que el cuerpo tenga la temperatura normal.

II. Paño inferior.

Suele aplicarse antes que el anterior, aunque no es indispensable que se apliquen ambos. En la operación deben observarse las siguientes prescripciones.

Como el patio inferior se aplica también en la cama, para evitar que se humedezcan los colchones o jergones se extiende sobre el parto de lino otro análogo y sobre este una manta de lana burda de iguales dimensiones.

El paño de hilo ya mencionado, en 3 o 4 dobleces, se empapa en agua y, después de bien retorcido, se extiende longitudinalmente sobre la manta de lana de modo que coja toda la columna vertebral, desde el cuello al extremo inferior. De este modo se echa el paciente boca arriba se le cubre por ambos lados con la manta de lana y con otra ropa análoga, edredón etc., que impida la entrada del aire. La operación dura también unos 3/4 de hora y si se quiere prolongar debe mojarse de nuevo el paño, puesto que, lo mismo que con el superior, de la frialdad depende el resultado que se busca. Una vez terminada la operación se observan las prescripciones indicadas en el número anterior.

Este tratamiento se aplica, con gran resultado, contra los dolores de riñones y de espalda, y para fortalecer la columna vertebral. Dos tratamientos, aplicados en un mismo día, han bastado muchas veces para hacer desaparecer el dolor de riñones.

Para contener la inflamación de la sangre y mitigar el calor de la calentura es igualmente un excelente remedio.
Más detalles acerca de su empleo se darán al tratar de las respectivas enfermedades.

III. Paño superior e inferior combinados.

Los dos expresados tratamientos pueden aplicarse a un mismo tiempo. Al efecto se prepara el inferior primeramente, segun queda dicho en el párrafo II, y luego el superior, que se deja así dispuesto al lado de la cama. El paciente se echa desnudo sobre el paño inferior, cubriéndose inmediatamente con el superior; y, acto continuo, con la manta y ropa de cama de modo que no pueda penetrar el aire. En este doble tratamiento precisa que la manta de lana tenga el ancho suficiente para envolver al enfermo, a manera de faja. Inútil es advertir que la Operación se practicará mucho mejor, si el paciente está asistido por otra persona.

La duración mínima del tratamiento es de 3/4 de hora y la máxima de una.
Para mitigar el calor, expeler gases, en congestiones, en la hipocondría y padecimientos análogos da muy buenos resultados, asi como también en las múltiples afecciones del bazo.


Con frecuencia se me ha preguntado lo que opino acerca de las compresas o paños de hielo, la sangría y otros remedios. Voy a exponer aquí en breves palabras mi opinión acerca de estos puntos.

El que con fruncido ceño alarga a un enemigo la mano en demanda de reconciliación, no logrará tan facilmente su objeto como el que lo hace con la sonrisa en los labios y la alegría en el corazón. Este símil viene aquí muy al caso: el primero es el hielo y el segundo el agua. La aplicación de hielo a los enfermos me ha parecido siempre, en particular a las partes más nobles del cuerpo, (como la cabeza, los ojos, los oidos etc.) uno de los remedios más rudos y violentos que pueden imaginarse. Lejos de ayudar a la naturaleza para recuperar la actividad perdida, la arrancan por fuerza algo que pretende retener y nunca deja de vengarse. He aquí porqué los paños o compresas de hielo son tratamientos desconocidos en mi farmacopea y creo que nunca tendrán entrada en ella. Pongámonos ante los ojos el colosal contraste que resulta de semejante aplicación: dentro del organismo un calor ardiente; fuera una capa de hielo y en medio el miembro enfermo, un objeto siempre delicado sufriendo la acción de dos factores tan opuestos. En la mayoría de los casos he podido desgraciadamente comprobar los detestables efectos de tan rudo tratamiento.

Conozco a un caballero que estuvo condenado un año entero a llevar, día y noche, sin ninguna interrupción, compresas de hielo en los piés. Claro está que una acción tan constante del hielo acabó por hacer desaparecer hasta el calor natural de ese órgano; mas no produjo igual efecto con la dolencia que se pretendía combatir.

Se me objetará que, en muchos casos, produce buen resultado. Convengo en que algunos males no puedan resistir a ese tratamiento de fuerza; pero ¿y las consecuencias?. Innumerables enfermos se me han presentado quejándose de debilidad en la vista, de sordera, de dolores reumáticos de índole muy diversa, especialmente en la cabeza, que de ordinario, se hallaba además atacada de una sensibilidad extraordinaria y de otras mil dolencias. Al preguntarles, de donde les había venido el mal, solían responderme: «la compresa, o la bolsa de hielo me ha causado este daño; así estoy hace tantos y cuantos años...» Y lo peor es que muchos le llevarán consigo hasta el fin de su vida.

Por consiguiente repruebo, en absoluto, el uso de bolsas o compresas de hielo y sostengo que el agua, empleada en debida forma, es capaz de mitigar y de amortiguar por completo el calor interior más intenso, en cualquier órgano que se haya cebado. Cuando no basta el agua para apagar un incendio, son impotentes contra el voraz elemento los témpanos de hielo.

Téngase por seguro: el agua bien aplicada es el mejor remedio. No quiere decir esto que, por ejemplo, si se trata de una inflamación de cabeza, en lugar de la compresa o de la bolsa de hielo, se apliquen sin discernimiento paños mojados etc. Cien compresas y paños no serán capaces de contener la afluencia de la sangre hacia el punto inflamado, causa del fuego que allí se siente. Es indispensabledirigir a otraparte la sangre, repartirla, o con otras palabras: precisa distraer la dolencia con aplicaciones simultáneas en otras partes del cuerpo. Así, al enemigo que fija sus reales en la cabeza le combatiré, en primer término, con remedios aplicados a los pies del paciente, que se irán replegando sucesivamente en dirección al punto atacado.

Por lo demás, ya han tenido ocasión de observar mis lectores los servicios excelentes que, de una manera indirecta, presta el hielo en determinados tratamientos hidroterápicos; así en verano sirve para refrescar el agua, cuando se pone demasiado tibia.

Dos palabras acerca de la sangría, las sanguijuelas y demás procedimientos empleados para aminorar la sangre.

En años anteriores apenas había señora que no se hiciese sangrar 2, 3 y aun 4 veces en un año; una señal roja o azul puesta en el calendario marcaba los días escogidos para la operación: los más favorables eran los de media fiesta y los que tenían algún signo de buen agüero. Médicos, cirujanos y barberos hacían en tales días verdaderas carnicerías. Los establecimientos públicos, conventos etc. tenían señaladas sus épocas de sangría y prescrito, con severidad suma, el género de vida, la dieta que debía observarse. Antes de practicar la sangrienta operación se deseaban buen éxito y se felicitaban del resultado si salían bien de la prueba. Para algunos tenía la operación sus peripecias. Un eclesiástico de aquella época asegura que se había hecho sangrar cuatro veces al año, por espacio de 32 consecutivos, sacándole 8 onzas en cada operación, lo que arroja la enorme cifra do 1.024 onzas, suma de 8 X 4X 32.

Con la sangría alternaban las sanguijuelas, ventosas etc.; para todos había su procedimiento de extracción, fuesen jóvenes o viejos, altos o bajos, hombres o mujeres.

¡Pero cómo cambian los tiempos! Teníase este procedimiento por el unum necessarium, la verdadera y única clave de la salud y de la vida y ¿hoy qué se piensa de todo esto? Todo el mundo se mofa de esta errónea creencia de los antiguos, que se imaginaban y creían, a ciencia cierta, que el hombre puede tener sobra de sangre. Hace dos años, un médico extranjero, autor de trabajos científicos, que sigue una de las nuevas tendencias de la ciencia médica, me aseguró, que en toda su vida no había visto sanguijuelas; y no faltan médicos que atribuyen el carácter anémico de la generación presente al enorme despilfarro que de su sangre hicieron nuestros antepasados, al abuso que hicieron de la sangría y de las sanguijuelas. Algo puede haber de esto, por más que no sea esa la única causa de la anemia.

Pero volvamos al asunto y óigase mi opinión, lisa y llanamente expuesta. Todo en el cuerpo humano se halla dispuesto con orden y medida y con tan admirable armonía que, aun los más exigentes, consideran este maravilloso organismo como una obra de arte, única en su género, cuya concepción portentosa sólo pudo existir en la mente del Dios Omnipotente y Omnisciente, y para cuya ejecución fue necesaria la virtud creadora del Altísimo. El mismo orden, la propia medida y armonía existe entre la producción y consumo de las sustancias necesarias para el mantenimiento y conservación del cuerpo, siempre que el hombre libre, pero racional, haga recto uso de lo que Dios le ha entregado y no perturbe, con sus abusos, el orden preestablecido, destruyendo, a la vez, la armonía que todos admiramos. Siendo esto así, no se comprende que precisamente la sangre, el más importante de los factores que componen el organismo humano, se haya distribuido en él sin orden, peso ni medida, y su acción no obedezca a leyes bien definidas.

Pero seguramente no pueda ser así. El niño recibe de la madre, al nacer, juntamente con la vida, cierta cantidad de sustancia sanguínea, esencia o como quiera llamársela, de la que se forma la sangre. Cuando se acaba esta esencia cesa también la formación de la sangre y con ella se extingue la vida. Sin sangre no hay vida posible y el anémico vive muriendo. Toda pérdida de sangre, por cualquier causa que se origine: por herida, sangría, ventosa o sanguijuela, ocasiona una disminución de dicha sustancia o esencia vital, que lleva consigo la abreviación de la vida, porque la una es condición precisa de la otra.

Se me objetará que el proceso de la formación de la sangre es muy rápido y que se recobra tan pronto como se pierde. La objeción es muy justa; pero a mi vez voy a oponer a ella otro argumento, para cuya confirmación apelo al testimonio de los labradores. Todo el que se propone engordar rápidamente un animal, le sangra para sacarle una buena cantidad de sangre y entonces es cuando empieza la operación del cebo. Poco tiempo después repite la sangría, con lo que el cuadrúpedo engorda de una manera extraordinaria y con rapidez suma. Al cabo de 3 a 4 semanas hace la misma operación, se le suministra alimentación abundante y nutritiva y el animal engorda por modo extraordinario y, aunque sea una bestia vieja, pronto adquiere tan buena sangre y en tanta abundancia como una joven. Pero examinemos de cerca la sangre, formada por ese procedimiento artificioso, y veremos que es un líquido acuoso, blanquecino, impropio para la vida. El animal carece de fuerza y de actividad y es tan efímera su existencia que muy luego se presentaría la tisis, a no adelantarse la cuchilla del matarife.

Lo propio acontece en el hombre. Todo el que tenga alguna experiencia, en lo que atañe a la vida humana, conoce perfectamente la influencia que la inmoderada extracción de sangre ejerce sobre las facultades, aptitudes y las fuerzas corporales de los hijos. El individuo mencionado anteriormente murió tísico, en la flor de la edad, efecto del despilfarro que hizo de su sangre; y aquella señora que se hizo sangrar 300 veces, o la otra que sufrió esta operación 400 tuvieron, por necesidad, que dejar una descendencia raquítica, enteca y sujeta a toda clase de dolencias.

No se me oculta que puede haber casos, siempre raros y excepcionales, en que, a falta de otros medios eficaces, la sangría puede servir para conjurar un peligro del momento. Pero, fuera de estos casos, que me diga toda persona imparcial si prefiere dejarse cortar paulatinamente el hilo de la vida, o mediante la aplicación racional de la hidroterapia repartir y moderar da tal manera la sangre que el más pletórico tenga solamente la cantidad del precioso líquido necesaria para las funciones de la vida. En el lugar oportuno expondremos los procedimientos que han de emplearse para lograr ese resultado.

Nada más corriente que la creencia de que en los ataques apopléticos no hay otra salvación que la sangría. A este propósito podría citar algún caso en que el primer médico que asistió al enfermo recetó la sangría, mientras que el segundo declaró explícitamente que aquel moriría a consecuencia de dicha operación. No es el exceso de sangre lo que produce la apoplegía, como vulgarmente se cree, sino más bien la falta del expresado elemento. Por tanto «morir de apoplegía» es lo mismo que extinguirse la vida por haberse agotado la sangre, como se apaga la lamparilla cuando se acaba el aceite.

Los inapreciables servicios que presta el agua en los ataques apopléticos se darán a conocer en la tercera parte. Aquí sólo me resta observar que mi predecesor en la cura de almas sufrió tres ataques de esta clase y al tercero fue desahuciado por el médico. Mas el oportuno empleo del agua le salvó, conservándole aún algunos años a sus feligreses.

Este sitio web esta patrocinado por:

Si quiere aumentar las ventas a traves de internet mejorando la visibilidad de su empresa, Maismedia le ayuda con optimizacion web marketing

si quiere ayudar a mantener esta web, patrocínelo: contacte